Si alguna vez has ido a correr, a tomarte selfies con patos, o simplemente a respirar un poco de paz mientras esquivas al señor del elote en bici, seguramente conoces la Presa Madín. Está justo entre Atizapán, Naucalpan y Tlalnepantla, y aunque hoy parezca solo un lago más con un chorro de lirio y algunos botes abandonados, detrás de esa vista dominguera hay una historia que combina ingeniería, urbanismo descontrolado… y hasta una leyenda con vibes de película de terror.

Todo comenzó por allá en los años 50, cuando el Valle de México crecía más rápido que tus deudas con el SAT. La ciudad necesitaba más agua, porque la verdad ya no se daba abasto con lo que tenían. Entonces, el gobierno de aquel entonces dijo: «¡Hora de construir una presa!». Así nació la idea de Madín, que oficialmente arrancó construcción en 1949 y se terminó en 1956.

La presa fue construida sobre el río San Juan, también conocido como río Tlalnepantla, y fue diseñada para almacenar unos 20 millones de metros cúbicos de agua. ¿Para qué? Principalmente para darle agua potable a zonas como Naucalpan, Tlalnepantla y a parte de la CDMX. Básicamente, se volvió una pieza clave en el rompecabezas del agua en la zona metropolitana.

En sus primeros años, Madín estaba rodeada de cerros, árboles y vacas. Sí, vacas. Era zona rural, tranquila y sin fraccionamientos con nombres como “Real de no sé qué” o “Residencial Montecarlo”. Pero llegó el boom urbano y ¡pum!: llegaron las casas, las plazas comerciales, y los residuos. Mucha gente, poco control. Eso trajo uno de los grandes enemigos actuales de la presa: el lirio acuático, que, aunque se ve bonito en foto, impide que el agua se oxigene y tapa los sistemas de bombeo. Súmale la contaminación por aguas negras, y tienes una receta para el desastre ecológico.

Pero no todo es drama hídrico. Aquí viene lo interesante: la leyenda local.

Dicen —los ancianos de la zona, los que crecieron antes de los fraccionamientos— que antes de que existiera la presa, había un pequeño pueblo asentado en ese valle. Un pueblo con iglesia, campanario y todo. Cuando se decidió construir la presa, ese poblado fue desalojado, pero nunca removieron todas las estructuras. Así que, cuando se llenó de agua, el pueblo quedó bajo el agua. Literal.

Y aquí viene lo spooky: algunos afirman que, en ciertas noches tranquilas, cuando el viento sopla y el lirio guarda silencio, se alcanzan a escuchar las campanadas de la iglesia sumergida. Nadie sabe si es real, si es el eco de alguna fábrica o si solo es la imaginación colectiva de un barrio con mucho TikTok encima. Pero el mito ha pasado de generación en generación, y ya forma parte del ADN misterioso de Madín.

Hoy en día, la presa no solo sigue siendo importante para el suministro de agua (sí, seguimos tomándola después de que la limpian, tranqui), sino que también es un punto de encuentro para runners, ciclistas, señores paseando a sus perritos y hasta exploradores urbanos que buscan tomarse fotos con drones. Hay esfuerzos ciudadanos para limpiarla, cuidarla y convertirla en una reserva ecológica. Algunos proyectos han intentado poner ciclovías, recuperar espacios verdes, y promover la conciencia ambiental.

La historia de Madín no solo es la de una obra hidráulica más. Es una mezcla entre lo que fuimos, lo que somos, y lo que podríamos perder si no le entramos al quite. Es el espejo donde se reflejan nuestras decisiones como ciudad, pero también un lugar con magia, patos, leyendas y una iglesia que, tal vez, sigue rezando bajo el agua.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *